miércoles, 8 de agosto de 2012


El resplandor de los rayos del sol sobre los cristales del autobús me trae a la memoria el estanque de mi pueblo. En verano, mi prima Shima y yo cazábamos renacuajos entre los helechos de la orilla, en esos años previos a que todas las chicas se volviesen unas tontas y unas blandas. Ella, más decidida que yo, me echaba en cara estar siempre en otra parte, pero no se daba cuenta de que en realidad estaba más presente allí que ninguna otra cosa, observando el movimiento de las ondas del agua a nuestro alrededor, oyendo el zumbido de las libélulas que bailaban entre los juncos y enamorándome de las perlas que lucía Shima cuando se carcajeaba de cualquier tontería.
Jamás se lo diría a nadie, pues cualquiera pensaría que estoy loco al acordarme de esos ensueños infantiles, pero los círculos que se formaban alrededor de nuestras, en mi memoria, enormes figuras me hicieron empezar a creer en La Divina Providencia. Todo estaba demasiado bien orquestado, demasiado cargado de belleza y significado, como para no ser designio de una inteligencia superior que lo guiase. No sabía, ni sé aún, si se trata de un creador o de un demiurgo, si formó el mundo desde la Nada o dio forma al cosmos a partir de un haz de cosas caóticas, pero de lo que no me cabe la menor duda es de que el la realidad tiene un cierto orden eterno. Las lluvias, las catástrofes, los movimientos de las hojas en un charco, los picores que nos despiertan de noche, tienen una razón de ser, son parte de un plan que no acierto a comprender. Pero no me rindo ni pienso dejar de intentarlo.
Algo que siempre me ha inquietado es saber dónde está el centro. Quizá en la misma Providencia, quizá en el planeta Tierra, o en el ser humano. Si es verdad que la Providencia es como dicen los curas occidentales no puede encontrarse en Él, pues resultaría un esfuerzo inútil dotar de forma a lo que, de por sí, ya funciona sin ningún sistema que lo permita. A fin de cuentas, esa es la función de todo orden: posibilitar que un conjunto de elementos diferentes trabajen en armonía unos con otros. Por eso, quizá el corazón del orden sea nuestro propio planeta Tierra, que funciona como un enorme cuerpo viviente donde todas las partes son imprescindibles y se necesitan entre sí. Sin embargo, nuestro mundo rebosa muerte y dolor, ambos sentimientos que impiden el equilibrado desarrollo de cualquier vida, así que tampoco puede ser la Tierra la casa del orden. ¿Seremos acaso nosotros? El milagro de la existencia de nuestra especie parece parece dar cuenta de ello, y más con todo lo que hemos…
… ¡¡Eh, que me paso de parada!! Menos mal que el conductor ha parado unos metros más delante de lo que le correspondía, porque si no me quedo aquí como un tonto. La palanca me espera, el rugir de las entrañas del mecanismo y la furiosa mirada de la bestia Hun.